domingo, 6 de abril de 2014

La familia de Carlos IV (pág 6)

Tuve un buen despertar, desde la ventana se veía nublado; no tenía la preocupación de estar aún sin trabajo, la casa estaba tranquila no había nadie. Luego el bolsillo vacío te impulsa y te crea la preocupación, saben que es lo peor de esta preocupación, es que a pesar de ser consciente de que sin trabajo vivirás en la calle siempre te encontrarás con un imbécil que piense que no quieres trabajar, con abundancia o miseria, siempre lo encontrarás. Me preparé para salir en búsqueda de trabajo; me enfoqué en los centros comerciales, sabía de uno que se encontraba cerca del Fórum. En el camino pensaba en lo difícil que es elegir este oficio. Las miradas de lástima de la gente al saber que te dedicas a ser camarero aspirante a escritor; aunque también hay gente que te ve como un superviviente, más adelante les contaré acerca de esta gente.
También pensé que en esta pequeña novela podría poner un muerto y así de esta manera capturar la atención de los lectores. Chorradas que uno aprende en los talleres literarios y libros sobre cómo escribir una novela. Las ganas de escribir un superventas y lanzar la bandeja como un Freesbe influyó para hablar de muerte, pero vi morir alguien en esta ciudad. Fue cuando usé por primera vez el Tranvía, como buen paleto estrenando medio de transporte me fui a las sillas de la primera fila, justo detrás del conductor. Iba mirando los mandos, las parpadeantes luces de los botones, cuando supe lo sencillo que era llevar aquél trasto, me distraje viendo la ciudad: Los edificios nuevos del Besós, la ancha avenida, un BMW que iba en paralelo con el tranvía. El conductor de aquél coche adelantó al transporte público, prudentemente frenó para que pasara el tranvía, lástima que frenó justo en medio de los rieles. El tren arrastró el coche veinte metros, el conductor del tranvía inconscientemente se limpiaba la ropa con las manos. Los curiosos de todos los vagones se acercaban, la sangre en el cristal llamaba como un neón a los mosquitos. Las ambulancias empezaron a llegar, nos encerraron en el tranvía, no dejaron salir a nadie, cuando llegó la policía abrieron las puertas uno a uno pidieron los teléfonos de todos los pasajeros, una agente me pidió el mio y seguía pensando en lo que vi. Mi silencio le hizo decir: No se preocupe si está ilegal, es sólo para testificar. Le respondí con mi número y me fui andando, seguía pensando en la mirada del fallecido, su última mirada. En lo que dejó de decir, en lo que no hizo, en la fragilidad de todo esto.